28 de septiembre de 2010

20 de septiembre de 2010

Me enfermé del oído y estoy sumamente cansada. Por aquí nada de puente, dolor de oído, medicinas y trabajo.

Estuve en un taller sobre arte contemporáneo esta semana. Fue tanto lo que aprendí: estoy segura que desconozco casi todo. Pensé muchas cosas, puse atención y llegué a tiempo. Era parte de mi trabajo, tenía de algún modo que estar ahí. No voy a platicar sobre el taller, sólo diré eso, que pensé mucho y me dolió el oído: Uno, porque no soporto el aire acondicionado y me jode las anginas. Dos, porque mi cerebro corría tan aprisa atando imágenes y lecturas y rostros y experiencias y conversaciones y estudios y exhibiciones y proyectos, muchos proyectos de conocidos y míos, hechos y sin hacer, y políticas culturales fatales. Y yo, tan historiadora del fin del mundo y del tiempo simultáneo.

Escuché el crack durante el segundo día del curso, fue justo en la primer hora, que era la quinta. El crack fisura en mi oído derecho y el hilo de dolor desde ahí hasta la garganta. Mi cabeza era un huevo demasiado cocido y pensé que ya no me cabía más nada. Ayer, que no aguantaba el dolor y estuve metida en mi cama, me di cuenta que en realidad yo estaba en expansión, que las ideas me daban vuelta por un lugar nuevo, que se me había desarrollado una cavidad para anidar las palabras y las cosas que recorren mi cuerpo.

Tengo un hilo conductor, tal vez muchos, pero el que ahora entiendo es el que va del oído hacia la garganta, donde van la cuerdas vocales, y desciende hasta el corazón.


-Esta semana escuché un par de voces que trajeron buenas noticias, María de Hermosillo y Minerva de Monterrey. Para ser historiadora hay que leer y volver al Colegio. Para escribir poesía hay que leer, sobre todo leer. Para escribir hay que leer y también investigar. "Hay que darle ". Ya estoy aquí.-


[Experimento cierta soledad, una que es real y otra que procuro, distinta al abandono o a las heridas de la lengua. Es un viaje a caballo por el Gran Cañón durante el mes de octubre a las diez de la mañana. Creo que empiezo a sentirme libre. Pienso que es la libertad de la que me habló Shin.

Siempre vuelvo al desierto,

a lo inconcluso, a la luz de las tres de la tarde, al viento de las seis de la mañana en el invierno y al olor del café. Siento mis pasos descalzos sobre la lozeta de una habitación que aún existe y ahí estoy yo, la otra, ésta que se asoma y me llama. (Transito en espiral

al desierto, a lo infinito. En esa ciudad sucedieron en forma simultánea dos historias que son una. La de dos hombres y una mujer, o la de una mujer. La historia es de la mujer y el día que apareció en el mar. Es una historia que da muchas vueltas, se repite. La mujer termina siempre bajo el mar. Ve a través del agua y ve una boca. El la ha visto, ella sabe que ha sido descubierta. Ella ve unos ojos que piensan en el tiempo y en la bahía, unos labios que anuncian un barco desvelado y un ancla, muchos años y un hombre cubierto por su barba sentado en una silla. Una casa que será vieja y un perro, y un anciano malhumorado y silencioso. Una mujer anciana, que vuelve y aprende a cocinar pescado. Han pasado tres años, casi cuatro. La cita fue puesta para diez.

La segunda histora es más fácil, ella mata).

-Cuántas chingaderas anidadas-].

6 de septiembre de 2010

durante el tránsito hacia las ciudades imposibles sucede la tensión entre dos mundos, que sólo es real gracias al cuerpo. los sentidos son vehículos de tránsito, de transe, comunicadores, entre el mundo físico y el de la psique. es ahí, en ese tiempo y cuerpo-no lugar donde la imaginación se desata: ella, impresindible para la ficción, padre–madre que concibe la idea y da sustancia al lenguaje.

los que están fuera son los agudos que hacen gemir sus sentidos, los abren: depositan su energía en ese andar sobre terminales nerviosas de imágenes, todo el tiempo. van como ausentes, casi desprendidos también de su cuerpo. parece que ven y observan otra capa de lo real. son durante un periodo silenciosos, mientras gestan.



[luego termino, mucho trabajo.]

[necesito escribir cuando estoy aquí -en la oficina-.
algo sucede en la punta de mis dedos, parece electricidad.]

2 de septiembre de 2010

He tratato de escribir por las mañanas. Y sí, a veces. Hoy que apesar del cansancio no puedo dormir, recibo mi insomnio como al mejor de mis amantes. Estoy a estas horas totalmente seducida. En un fluir caudaloso donde otra que también soy, que escribe.

Pienso en el sol de las dos de la tarde, en los pasos hacia el restaurante nuevo y en el cabello largo, delgadísimo, de un hombre que se niega a verme. Pienso en el tiempo, en eso llamado sombra y escribo sobre Koselleck.

A mis treinta y cinco empiezo a comprender. Después de esos cabellos sueltos reconozco mi ceguera, mi invisibilidad presente en tantos textos que hablan de otras mujeres invisibles, de la infancia.

Entre mis obsesiones se cuenta la búsqueda de respuestas, descanso hasta dar con ellas. Algunas sólo me conducen a más y muy complejas preguntas, a descubrimientos monstruosos.

La cualidad de no ser vista anidó aquí dentro, creció como crecieron mis extremidades y mi torso, junto con mis senos. Una patología que asumo da señales de su existencia con el tiempo o se revela o se vuelve de pronto inteligible.

He sido invisible, irreconocible: otra, muy otra que ya no soy. Lo he descubierto en forma progresiva mientras escucho palabras que llegan a mí como piezas de un rompecabezas enviadas por correo adentro de un sobre, una pieza en un sobre por día.

Ya no soy ni siquiera esa que volvió hace tres años. Tampoco la que se deshizo del cabello cuando la del espejo era una que guardaba silencio y su silencio en ocasiones parecía mentira o ardía en el pecho como el humo de una cajetilla de cigarros fumada en una tarde.

Lo del cabello fue cosa sólo mía, buscaba en verdad no ser vista, indagar en mi masculinidad, en los límites de mi fuerza. Protegerme, ser capaz de sostenerme en pie con mi armadura.

Pensé que podría matar, en cambio descubrí el filo de la lengua, la herida, la sangre: La fractura que no soldará por completo.

He dejado de beber. Respiro, corro. ¡Sí, también vuelo! Noches atrás terminé por aceptar mi hechicería, mi gabrielidad. Poseo algo divino entre los labios, que sucede y origina cuando los abro.

Siento electricidad en la palma de las manos. Sé que tengo unos hilos que salen y vibran desde mi ombligo cuando hablo, que soy ancha, de pies grandes y no puedo prescindir del desodorane un solo dia. No soy multitask, me equivoco y olvido cosas, llego tarde. Hay otras, muchas cosas, que me salen bien, mejor que a nadie.



---El tren de la Libertad se escucha aún a las cuatro con cuarenta y cinco de la mañana. eEta ciudad no es tan grande. Una vez estuve con un hombre que olía a gato y ronroneaba. Se me perdió, hace ya varios años. Una noche lo ví en un restaurante, al menos se estiraba igual. Se deslizó con agilidad sobre la mesa para verme cruzar la esquina. Creí verlo. En su casa, una noche, sólo una, habló de la Luna que aparecía en la ventana y de las gotas de agua que se deslizaban por el tragaluz cuando la lluvia. Me gustaba cuando me abrazaba, sabía justo cómo hacerlo sin que me sintiera atada. Era un refugio, la imagen más próxima a un hogar antes de las llamas. El amor era tal vez ese momento. Volví meses después y él ya no estaba y lloré sin consuelo cuando sentí el olor de la madera y me dio esa alergia que me provocan los pelos de gato. Es posible que desde ese dia empezara mi interés por los gatos. Una vez tuvimos cuatro en el patio y casi de inmediato murieron tres por envenenamiento. La que quedó viva no se dejaba abrazar y nos mostraba las garras ante cualquier aproximación e intento de caricia, esas mismas con las que despellejaba ratones y atrapaba palomas. Empezó a hablandarse tras la muerte de los tres gatos, a buscarnos cuando se quedó sola. La otra tarde pensé que de querer otra mascota buscaría un conejo, uno blanco.