24 de octubre de 2014

Conjunto norteño en fiesta de mujeres aquí junto. Hasta eso que es de los buenos, tocan rebien y el vocalista es muy entonado, por decir. Las rolitas han sido de lo más tradicional: Cadetes de Linares, Ramón Ayala y Los Tigres del Norte. A ver alrato qué tocan. Ellas corean Camelia La Texana y gritan apasionadas. ¡Pero cómo gritan! Están muy alegres. Mientras tanto, los chamaquitos juegan en la calle y andan eufóricos. Yo aquí, leyendo noticias y escribiendo cuentos.

Ha sido una semana de emociones contradictorias. Ayer lloramos mucho en la universidad y encontramos en el corazón la fuerza para proclamarnos con dignidad. Pasé el día desplumada, como varios, respondiendo al shock inicial. Hoy tuve un ataque de risa a la hora de la comida. El instinto de sobrevivencia se activa junto con un resorte de practicidad, por eso me sorprenden la esperanza, el amor y la claridad de cara a la violencia y a este duelo colectivo, que son posibles en medio de esta guerra que se prolonga.

Estos días he repartido abrazos por todas partes y he sostenido conversaciones inesperadas. También he estado atenta al tráfico y a lo que sucede en las calles alejadas de la protesta. Hay tanta hambre, pobreza y sobre todo indolencia. En esta ciudad, como dicen, la fiesta continua. Es muy intenso, estoy agotada.

23 de octubre de 2014


Francisco Eduardo. 
Foto de Oliver Uribe. 22.10.2014


Hoy, en la universidad, mientras transcurría el acto de protesta por la desaparición y asesinato de jóvenes en Guerrero y en todo el país, hubo silencio para escuchar. También
llanto
costernación
solidaridad
esperanza
valor
duelo
fe

indiferencia
avestruces
ignorancia

cansancio y

muchos mundos





12 de octubre de 2014

Educarnos para la paz

Cuando era muy joven pensaba constantemente en la justicia, y en la venganza. He presenciado tanta muerte, tanto dolor y me espanta saber que son muy menores respecto a la experiencia de otras personas. La Historia me ha sorprendido, creí que estudiarla me daría las pruebas necesarias para ir a la corte. Sin embargo, empiezo a descubrir la imagen del rostro humano y la urgencia de un proyecto educativo que surja de la crítica al neoliberalismo, que integre los conceptos de persona, comunidad y naturaleza con el amor y la autonomía, con la vida.

El dolor y la muerte también se heredan cuando no hay justicia. Cuando las personas no logran sanar la ofensa, ésta queda para la siguiente generación. Eso no lo enseñan en la escuela y muy pocas veces se aborda el problema del cómo sanar esos procesos sociales. Somos unos cuantos ocupados en ese propósito, con escasos recursos y casi ninguna organización.

Ahora pienso en la necesidad del amor y como nunca en la educación, quizá porque lo que he encontrado ha sido distinto a lo que me contaron, a lo que pensé que sería. El futuro tampoco ha sido lo que me enseñaron y aprendí a imaginar. Esas rupturas me conducen hacia la búsqueda y construcción de nuevas formas de ser y estar. Apelo al instinto de la vida, que es la vida misma.

La violencia es recurrente en la cotidianidad, se manifiesta en la micropolítica del día a día: en el trabajo, en los intercambios comerciales, en las relaciones de pareja, en los salones de clase, en la calle; ocupa un lugar en el espacio público, donde es reproducida celosamente en los medios como parte de una estrategia política de control social que alimenta el miedo y donde también nosotros la replicamos quizá de manera involuntaria. Lo observo, lo siento.

La violencia destruye la salud del cuerpo, se come la vida, lo enferma todo. Nuestro tejido se descompone y perdemos la consciencia. Bajo esas circunstancias es más complejo integrar la existencia de las otras personas, reconocerlas como iguales y sostener con ellas relaciones saludables. No obstante también cansa, y es un tronadero de consciencias que sin una educación para la paz sólo provocará nuevas formas de violencia.

El exilio y la migración forzada, durante y después de una revolución, han dejado huella en nuestras comunidades, en nuestras familias y en nosotros. En la ciudad de Tijuana todos somos migrantes y herederos de las consecuencias simbólicas y materiales de esa experiencia. En la diáspora actual, que empuja a las personas del campo y la ciudad a marcharse de este  país, porque la pobreza y la violencia dejan poco o ningún espacio para la paz mínima que requiere el cuidado de la vida, la familia, la educación y, sobre todo, el trabajo, están apareciendo nuevos duelos colectivos y silenciosos. Esto ocurre en casi todo el país.

Vivo en una ciudad de migrantes, en una frontera situada frente a un muro de guerra. Las calles están vigiladas, día y noche. Y, aunque el ritmo de esta urbe, las fiestas, los encuentros, no se detienen, la miseria crece y el poder adquisitivo se reduce cada semana. Pertenezco a una generación en proceso de precarización, y eso también es un acto violencia que patea directamente nuestros hogares.

Hoy creo en la necesidad de construir la paz como ruta. En lo preciso que es crear otro lenguaje y otras formas de hacer. En el perdón, y lo absurda que es esa palabra en este momento. En comprender procesos creativos distintos, que atiendan a la diversidad de formas de aprender y de expresarse en los seres humanos. Una vez más, observo la necesidad de demarcarse de los discursos hegemónicos y sobre todo de las prácticas que los institucionalizan, sobre todo en los campo académico, laboral y personal, pero, me pesa decirlo, a través de una sana negociación personal con ellos, que espero me permita encender vínculos con mis semejantes.

La locura es una opción, de vez en vez, también lo es el olvido. Pero ver, ¡ver! ¡ver! ¿Para qué ver tanto? A estas horas me pregunto para qué sirve ver tanto, con esta claridad que se desprende del insomnio y alcanza una verdad casi mística. Vivir implica un poco de fe en el presente, en quienes están cerca y en una misma, en el futuro, sobre todo cuando se tiene la responsabilidad y el amor por los niños y los jóvenes de carne y hueso, esos que veo crecer y esos que acompaño en la universidad.

¿Cuál puede ser la función social de la memoria cuando de construir la paz se trata este día? ¿Cómo llevamos a cabo un proceso de sanación personal y colectiva cuando es tan grande la ofensa? Estoy lejos de partir de cero, sí existe una contribución sobre estas problemáticas elaborada desde el trabajo de campo, la libertad creativa de algunos profesores, del análisis cuidadoso de la realidad que han algunos autores y de la organización de algunas comunidades. Los procesos y resultados de esas experiencias están en la red, pero no las vemos. Estudiar sus propuestas y metodologías, así como ponerlas en práctica constituye una empresa que espero compartir con algunos de ustedes.

9 de octubre de 2014

"Dolor de país"

Contractura en hombro derecho, insomnio, falta de apetito, falta de concentración, dolor de cabeza y un esfuerzo grande por desarrollar las actividades laborales. Esta semana ha sido así.

Juntas de miedo, largas, largas. Les hablo del dolor, de tantos muertos y desaparecidos, y se desconectan. Vuelven a los formatos, a las agendas, a la sobrecarga de actividades y a la falta de recursos, abrumados, confundidos y cansados. Así está cabrón valarse de la imaginación para resolver los problemas.

Les digo: tenemos una oportunidad igual de grande que nuestros retos para hacerlo de un modo que nuestra energía y nuestros saberes transformen este lugar en uno donde haya espacio para la paz, la esperanza y la creatividad. Bien poquitos responden y se aplican, bien poquitos.

El reto sí que es bien grande, ¿cómo le hacemos para entendernos y trabajar por los mismos objetivos? Y todos hablan al mismo tiempo, discuten, manotean, aferrados a lo que conocen aunque esté mal.

Y, pues, ésto es lo que hay.

5 de octubre de 2014

Hubo una vez un hombre en busca de un tesoro

Hubo una vez un hombre en busca de un tesoro. Con esa intensión dedicaba cuantiosas horas al estudio de libros antiguos y contemporáneos, resolvía acertijos ocultos entre las calles y tomaba nota de los mensajes que recibía a través de sus sueños, e incluso de los sueños que otros soñaban. Durante años conversó con muchísimas personas en distintos pueblos, con el fin de rastrear alguna pista entre sus mitos y tradiciones.

Año con año bitácora y mapa crecían en detalles, mientras avanzaba sobre los rincones más alejados de las concentraciones urbanas. A pesar de haber descubierto abundantes riquezas, ninguna se aproximaba a la de sus sueños. Así, comenzó a encanecer y cuando estuvo a punto de resignarse, algo en su corazón le susurró un nuevo indicio y abandonó todo para perseguir una vez más aquella fortuna. Y pasó el tiempo.

Una tarde subió una enorme montaña para asistir al encuentro de los espíritus guerreros que las habitan y hacerles una pregunta. Era ya muy viejo y en el ascenso, poco a poco sus fuerzas se doblegaron. Al alcanzar la cima cayó muerto sin que nadie se diera cuenta y junto a él quedó la bitácora con el mapa dentro. Su cuerpo y sus propiedades fueron cubiertas por la hierba hasta reintegrarse a la tierra. Pero su corazón no se redujo, durante las noches se encendía como una piedra volcánica y generaba tanta luz que parecía una estrella.




Brian Eno: Another Green World

4 de octubre de 2014

Un grito
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro
y otro

¿Quién les ha dado permiso, señores de la muerte?